viernes, 3 de mayo de 2013

El hombre de la ventana




"Si yo encontrara un alma como la mía
Cuantas cosas secretas le contaría."

    Vertientes inmensas de ríos rojos, plagadas de emociones y palpitaciones incoherentes, fluye inmensa el alma mía por las calles inmensas de la sangre, reposa en los vacuos ojos de la memoria y se zambulle entre los ácidos corrosivos de los estómagos enamorados.

     Samuel Arias, hombre enjuto y pasivo, vigila su ventana como buscando algo que no encuentra, las horas pasan lentas, largas y sombrías; pero al mismo tiempo su cuerpo, ya mimetizado con el ambiente, produce más lentitud y sombras que el ambiente mismo.

     Cuando era joven, le enojaba mucho que lo molestasen por su gran estatura, siempre fue más alto que todos los niños del barrio y por si fuera poco, su timidez empeoraba las cosas, los niños del barrio tenían hacia él una especie de miedo y asco, mezclada con envidia. Pero el simple hecho de ser diferente era el único motivo para segregarlo y maltratarlo.

     Se acostumbró ya desde esas fechas a estar solo y en silencio, lento para no molestar a nadie con su inconmensurable tamaño; sus zapatos enormes, mandados a hacer por su madre especialmente al zapatero del centro, pues no había zapatos especiales de su tamaño, eran lo único que resonaba en su entablada casa los domingos. Un paso a la vez, lento y pausado.

     Samuel, a pesar de todo, terminó sus estudios en el colegio, muchos de los compañeros de las otras aulas lo vieron por primera vez el día de la graduación y los murmullos se levantaron como mares cuando el joven se dirigió lento a recibir su diploma. Suena ilógico que nadie lo haya visto después de 6 años en las aulas, considerando a demás su gran volumen,  pero en realidad Samuel nunca salía al patio, llegaba muy temprano para limpiar el escritorio del maestro y la pizarra, y salía muy tarde procurando que nadie lo viese.

     Decidió estudiar contabilidad, era un trabajo sereno, inmóvil, que él podría hacer oculto en cualquier rincón sin molestar a nadie. En la universidad muchos pensaban que era algún profesor estricto, o en todo caso un alumno tardío que quería sacar su título después de varios años. Samuel Arias era de hecho, más joven que muchos de sus compañeros.

     Las estudiantes de la universidad muchas veces olvidan que ya han salido del colegio, siguen perdidas en las fiestas y los cosméticos baratos; una de ellas empujada por cumplir una broma “inocente” con sus otras compinches, debía hablar con Samuel e invitarlo a salir ese fin de semana.

     Samuel siempre contra la pared, encogido para no molestar a nadie, había desarrollado una joroba con los hombros hacia adelante, aun así su espalda era mucho más ancha que el respaldar de su banca de metal; la joven se le acercó por detrás y llamó su atención tocándole su amplio y arrinconado hombro.

     Con un sobresalto Samuel regresó a ver asustado, se encontró con la mueca fingida de amabilidad de la chica, una sonrisa falsa; ella estaba convencida de lograr su cometido, así pues empleó uno de los tantos trucos que tienen las colegialas para atrapar a su presa, le sonrió despacio y colocó su mano sobre su hombro, no totalmente sino solo un roce delicado, empujó su cadera apuntando a Samuel y lentamente fue bajando su mano por su brazo mientras le hablaba sobre un nuevo bar cerca de la facultad.

     Ciertamente este eficaz truco hubiera funcionado en la mayoría de hombres, pero Samuel no estaba preparado para algo así.

     La chica iba a arremeter con una sonrisa provocativa, cuando se fijó en la cara asustada y tensa del pobre hombre, Samuel nervioso temblaba de pies a cabeza y su pecho ya no soportaba la paliza que le daba su corazón, la chica se sobresaltó un poco y soltó el brazo de Samuel, mientras del rostro del enorme hombre brotaban dos gruesos ríos de lágrimas inmensas; sin dejar de mirarla, Samuel se apartó lentamente y se presionó lo que más pudo contra la pared, mientras con los brazos cruzados se abrazaba desesperadamente al aire.

     La chica no supo cómo reaccionar, dio dos pasos lentamente hacia atrás y giró para salir corriendo del aula.

    Tuvieron que pasar no menos de veinte minutos antes de que el pobre hombre pudiera serenarse y salir de ese lugar cargando su pesada maleta repleta de libros de contabilidad.

     Después de ese día nadie volvió a hablarle a Samuel, era como si fuera un enorme y viejo armario contra la pared. Ni siquiera los profesores lo tomaban en cuenta, le dejaban hacer los trabajos grupales a él solo y le hacían pasar las materias sin ningún problema, como queriendo zafarse lo más rápidamente posible.

     Se graduó y su madre fue a la ceremonia, ahora era un contador que en realidad no tenía muy claro que era ser un contador.

     Consiguió un puesto en una pequeña empresa, nunca entendió muy bien que hacían en ella, pero la oficina donde trabajaba era muy vieja y con gruesas paredes, casi tan anchas como el mismo Samuel, lo único que odiaba de ese lugar era su techo bajo, que para el promedio de gente era, ciertamente, suficiente; pero Samuel debía doblar su cabeza casi hasta topar la barbilla con el pecho cuando se levantaba de su silla. Así que le tocaba caminar mirando al piso hasta salir de la angosta oficina.

     Pasaron los años, su madre murió y vivió sus días aún más solo. Samuel en su trabajo era un mueble más para sus compañeros, se dirigían a él cuando tenían que hacerlo, muy formalmente y siguiendo un protocolo muy sencillo de tres pasos, saludo cordial, pregunta, agradecimiento.

     De hecho Samuel no sabía el nombre de muchos de los que allí trabajaban, que por cierto iban y venían, encontraban nuevos trabajos o simplemente se iban, Samuel era el único empleado que permaneció toda su vida laboral, sentado en su escritorio, posando como un viejo y robusto armario.

     Un día de mayo, llegó a la oficina una jovencita aun no graduada que venía a hacer prácticas, era normal que jóvenes vinieran a hacer sus prácticas a la oficina, a Samuel no le importaban y ellos, como todo el mundo, lo evitaban. Por lo que no le puso mucha atención a esta nueva practicante.

     Era una chica bonita, sencilla y muy extrovertida, tenía una belleza limpia, clara y liviana. Estando junto a ella cualquiera se animaba y olvidaba sus penas, su amplia y juvenil sonrisa no escondía nada, era una sonrisa de verdad. Sus lacios cabellos le rosaban las orejas mientras se bamboleaban de un lado a otro cuando ella caminaba casi bailando un bolero.

     Era una de las primeras personas en llegar a la oficina; obviamente allí ya estaba con media hora de anticipación, Samuel, inmenso, en su esquina rellenando papeles, la joven entraba siempre muy animada y saludaba a absolutamente todas las personas que estuvieran allí y a las que llegaban después.

     De sonrisa clara y ojos grandes, ¿cómo no caer rendido y enamorado ante la profunda complejidad de la sencillez? Samuel, henchido de preguntas, se vio de un día para el otro, consumido por los nervios, azotado por la indecisión y descuartizado por la inseguridad. En una palabra enamorado.

     A diferencia de como se lo describe comúnmente, el amor es, en muchos sentidos, una situación incómoda por no decirla desagradable; abrumadora, apabullante, embrutecedora y viscosa. Llena de complicados retos y relaciones sociales, complejos códigos de comportamiento, vanas y angustiosas horas de dopaje en pensamientos sin sentido, ilusorias estampas de felicidad volátil, celos, miedos, inseguridades, peleas, conflictos y visitas a los suegros.

     Toda esta gama de maravillosas y floridas esencias se conjugan en un solo y potente elixir dulzón e inmensamente empalagoso llamado amor. Muchos de los que lean estas líneas (sobre todo los que no hayan sentido esta amalgama de atrocidades) se preguntarán porque el ser humano busca desesperadamente el amor.

     La respuesta es sencilla, somos entes de carne y hueso, de sangre y flema; somos rapiñeros de desequilibrios, ansiosos, apasionados y bacanales succionadores de desgracias; las vallas publicitarias de consumismo armonioso y bienestar social, son una flagrante mentira, el ser humano debe ensuciarse, despojarse de sus blancas vestiduras y morder las tripas del destino, impregnando sus rostros de la bilis de la vida para sentir la felicidad.

     El amor pues, es una de las mejores soluciones para cumplir todas las necesidades emocionales del ser humano, y en muchos casos las mujeres son expertas ejecutoras de este arte de tortura, cuidadosamente afelpado en sus rostros delicados y pestañas que barren cualquier pensamiento de la mente de sus víctimas, ¡¿Qué sería de los hombres sin las mujeres?! Sería un mundo asqueroso.

     Así pues Samuel encontró su Dulcinea, tortura indescriptible de silueta perfilada en un horizonte inalcanzable y ufano; su nombre era Catalina; así de sencillo,  como si fuese el nombre exótico de algún ave cantora. Se posó en los pequeños ojos incrustados en la enorme cara de Samuel y desde ese día ya no fue el mismo.

     La quería como nada en el mundo, le enternecía su mirada, le embargaban los celos que bullían en su interior sin poder estallar, le excitaba su delineada sexualidad. La quería proteger como su mayor tesoro. La odiaba. La amaba.

     La tortura alargaba los días y progresivamente no dejaron dormir al pobre Samuel, que añadió a su penosa figura unas ojeras enormes y un extraño funcionamiento de su corazón.

     Cada vez era peor, la joven pasante conversaba mucho con él, bueno quizás conversar no sea la palabra adecuada, ella con su hermosa y sedosa voz, hablaba y hablaba con una sonrisa mínima en los labios y una carcajada presta a estallar en cualquier momento, como una bandada de pajarillos multicolor, llevaba al pobre Samuel a embriagantes estados de euforia incontenible.

     No podía existir un hombre más enamorado que el gran Samuel Arias, no podía existir hombre más feliz ante esa sonrisa clara y verdadera.

     Después de mucha insistencia, él aceptó la invitación a tomar café que tanto le había insistido la joven y hermosa mujer, en ese momento él se sentía EL hombre, sentía que esa sonrisa solo era para sus ojos, que sus alegrías eran producto de su compañía, que esas gráciles manos, algún día, acariciarían sus torpes y grandes manos. No podía estar más equivocado.

     En el café los esperaba su verdugo, el apuesto y joven novio de la chica, el obvio compañero; después de que todo su sistema digestivo haya tomado otra posición ante las presentaciones, Samuel se insultaba en silencio en su cabeza. ¿Cómo pudo haber pensado siquiera que esa mujer (o cualquiera) estaría interesada románticamente en su monstruosa dimensión?

Conversaron, el tiempo que dura una taza de café.

      Ella, radiante, le explicaba a su novio que Samuel era su gran amigo del trabajo, el que le cubría cuando hacía algo mal, el que la cuidaba de los compañeros casanovas, “algo así como un padre” dijo al fin.

      Samuel descorrió una media sonrisa forzada mientras decía que era un placer. El joven, amable, seguro, atractivo, esbelto y alto novio, le estrechó la mano con fuerza y admiración para agradecerle por cuidar a su chica.

     Samuel, con toda la colección de nudos marineros realizados perfectamente en su garganta, les explicó que vivía solo y que debía regresar de inmediato a su casa para cuidarla, -no quiero que se me entren los ladrones- dijo estrechando la mano de su verdugo.

Ellos se quedaron allí, besándose seguramente.

     Samuel caminó por las calles, inmenso e invisible, sus ojos no podían contener el mar de angustias que le embargaban y sus manos temblaban incoherentes copadas de miedo, ira y tristeza. Caminó largo y lento, caminó y su corazón se hizo un hielo de melancolías.

     Ahora ya no trabaja, le llega la mensualidad de jubilación cada mes, y vigila la vereda de su calle a través de la ventana, inmutable e inamovible, pues no quiere que entren los ladrones.

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Lenore

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